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       La historia del Gnosticismo desde el siglo VII hasta nuestros días nos conduce a movimientos como los Bogomilos, los Maniqueos y los Cátaros, y a individualidades únicas tales como el Maestro Eckhart y Jacob Boehme. Los Rosacruces del LRC también siguen la tradición gnóstica.

Los Gnósticos se caracterizan por su anhelo por el Reino de la Luz. Podemos encontrarlos en todos los movimientos gnósticos a través de las épocas y también en individuos que actúan como mensajeros de la realidad divina mediante una vida de servicio.


El Gnosticismo entre los siglos VII y XIII

En el siglo VII los Paulacianos vivían y realizaban sus actividades en el Imperio Romano de Oriente. Rechazaban cualquier jerarquía de poder puesto que lo consideraban un impedimento para experimentar la verdad.

A finales del siglo XI, cientos de miles de Paulacianos fueron asesinados por la Iglesia Ortodoxa Bizantina, tal como ya había ocurrido siglos antes con los Maniqueos.

Pero la Gnosis siguió viva. Su luz y poder brillaron, entre otros, en la comunidad de los Bogomilos que vivieron principalmente en Bulgaria entre los siglos XII y XIII y transmitieron su herencia gnóstica a los Cátaros del sur de Francia. Estas dos comunidades de orientación puramente gnóstica sufrieron el mismo destino que sus predecesores. Un número incalculable de millares de ellos fueron perseguidos, torturados y muertos por los denominados “ortodoxos”.

Templarios y Rosacruces

En la Baja Edad Media, la Gnosis estaba viva en los círculos interiores de la Orden Templaria. A comienzos del siglo XVII, se manifestó con fuerza y claridad en el movimiento Rosacruz. Johann Valentín Andreae, autor de los Manifiestos Rosacruces, fue uno de sus representantes más significativos. De este movimiento surgieron líneas de conexión que nos llevan hasta los Francmasones los cuales reorganizaron sus comunidades a comienzos del siglo XVIII. Un nuevo y poderoso impulso gnóstico resultó en la fundación de la Sociedad Teosófica en el siglo XIX. Helena Petrowna Blavatsky y Annie Besant fueron las figuras clave de esta comunidad. Les siguieron los movimientos de Rudolf Steiner y Max Hendel. En 1924 comenzó la historia de la Escuela de la Rosacruz Áurea gracias a los esfuerzos espirituales de Jan van Rijckenborgh y su hermano Zwier Willem Leene, quienes posteriormente fundaron el Lectorium Rosicrucianum junto a Catharose de Petri. Como Rosacruces gnósticos, tenían una conexión interior muy especial con la anterior Fraternidad, la de los Cátaros. Todos estos movimientos testimonian de un Cristianismo interior y describen un camino hacia Dios que sólo es posible mediante la unión con el Espíritu de Cristo.

El Maestro Eckhart, Jacob Boehme y los Místicos

Si centramos nuestra atención en los desarrollos dentro de la Iglesia, podemos ver una cadena de personajes con características comunes. En medio de una creciente coacción religiosa debido al dogma y la jerarquía, ellos se mantenían en contacto directo con el Espíritu cristiano original y sus vidas daban testimonio de ello. En los siglos XIII y XIV existieron Místicos tales como el Maestro Eckhart, Johannes Tauler, Heinrich Suso y Jan van Ruysbroek entre otros muchos. Ellos dieron testimonio del verdadero Cristianismo interior en Alemania y los Países Bajos.

El Maestro Eckhart dijo que el hombre debe recuperar la morada de su alma, donde está escondida su chispa de Espíritu. Esta idea de la chispa de espíritu dentro del hombre resurge de las enseñanzas de los antiguos Gnósticos. Por tanto, para experimentar el nacimiento de Dios en lo profundo del corazón no se precisa de ayuda externa. Su realización sólo requiere la total devoción del alma al Espíritu divino y un trabajo progresivo sobre la propia conciencia.

Tauler y Suso, ambos discípulos del Maestro Eckhart, ponen especial énfasis en la “serenidad” que el hombre debe alcanzar para llegar a la visión de Dios. Esta devoción a la morada original y el completo abandono del ego es lo que el lenguaje gnóstico expresa con las palabras “morir con relación a la naturaleza”. Los Cátaros denominaron este proceso interior: la “Endura”.

Eckhart, Tauler y Suso se atrevieron a publicar su conocimiento a pesar de la oposición de la iglesia. La profundidad y sinceridad de sus enseñanzas convencieron a muchos buscadores de la época quienes, a su vez, formaron comunidades laicas separadas de la iglesia. Se denominaron “Amigos de Dios” viéndose a sí mismos como silenciosos caminantes de la senda interior hacia Dios, el camino indicado por Cristo.

En los Países Bajos las mismas enseñanzas fueron anunciadas por Jan van Ruysbroek, y trescientos años más tarde en Goerlitz por Jacob Boehme que se considero a sí mismo como una herramienta del Espíritu vivo, si bien la iglesia protestante le declaró hereje. Jacob Boehme dijo: todo hombre debe penetrar hasta lo más profundo de su ser, sumergirse en su propio corazón para reconocer el amor y el odio que allí habitan y abrirse camino hacia el amor a través de la superación de su propia lucha interior. Únicamente en el poder de Cristo, omnipresente en todo el cosmos, es posible esta victoria. Según lo entiende Boehme, el hombre es todavía una entidad naciente que debe alcanzar su consumación por sí mismo.

El proceso de transformación interior

¿Por qué esas personas, profundamente tocadas por la Gnosis, soportaron la difamación, la persecución e incluso la muerte por sus creencias?

Un Gnóstico experimenta el Espíritu divino directamente en lo más profundo de su ser. Percibe claramente su camino ante él y está dispuesto a hacer todo lo necesario para el proceso de su transformación interna, pues sabe que sólo él puede practicar el “yo muero diariamente” del que Pablo da testimonio. Debe hacerlo él mismo, debe alejarse de este mundo con amor y dejar tras él la vieja vida.

Aquél que es tocado por la Gnosis, reconoce que Cristo debe nacer, morir y resucitar en cada hombre. Este proceso de “Transfiguración” es el verdadero mensaje del Cristianismo y la profunda experiencia interior de los Gnósticos. Se propaga como una llama que aumenta en tamaño y resplandor puesto que está unida al fuego del Espíritu Santo y debe expandir su Luz a toda la humanidad.